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| Cubierta de Colmillos de metal |
COLMILLOS DE METAL
texto de Fernando Figueroa
SINOPSIS: Febrero de 1985. Cada vez aparecen más y más yonquis muertos en las calles con unas extrañas marcas. Uno de ellos es un colega y vecino de Tralla, un baterista de heavy metal y seguidor de Aleister Crowley, que tratará de desentrañar el misterio que hay detrás. Guiado por la Providencia trazará un plan para capturar al culpable, que sólo podrá llevar a cabo con la colaboración de sus amigos. Juntos o por separado, se enfrentarán al mal que anida en la noche y que amenaza con devastar Madrid. A ritmo de sexo, drogas, rock y magiak, descubriremos la historia oculta de Vallecas.
Para abrir boca y poner los dientes largos, aquí selecciono un fragmento de la novela Colmillos de metal, para que el lector se haga una idea de su contenido, en estilo y tema. Además, sirve de microrrelato si lo miras bien. Para date una pista del contexto, te diré que te asomas al interior de un bar de barrio que está al lado de una comisaría.
FRAGMENTO DEL CAPÍTULO VI: ME VOY DE GRIPE
—¡No me jodas! Un vampiro no mordería un cuerpo muerto. No son tan carroñeros. Les gustan los cuerpos hermosos y sanos, sa-nos. Además, hay tíos también mordidos. Lo dicho, ¡fábulas! Me parece más probable que haya sido un perro o una rata a que se lo hiciese un desquiciado. Hay que tener muchas ganas para acercarse a un cadáver y morderlo.
—A lo mejor estaba moribunda y el monstruo aprovechó su debilidad para desatar su instinto criminal y... ¡zasca!, morder.
—No le des más vueltas. Recuerda: no hay hemorragias, no hay manchas. Los mordieron muertos.
—¿Y marcaje de bandas?
—Pse. No cuadra. ¿Qué significado tiene una marca de dientes en el cuello? ¿Quién llevaría una rata consigo para hacer esa pifia?
—Volvemos al loco suelto. Imagina que es una desviación sexual, un loco con fijación por los cadáveres, un necrófilo, que los hay, que en el éxtasis de su delirio muerde.
—Menuda casualidad que el pichabrava se encuentre con todos los yonquis muertos del barrio para satisfacerse. ¿No los andaría buscando?
—Hay tipos que tienen imán para lo que quieren. Más si se mueven de noche.
—Con veinte años todos tenemos imán las veinticuatro horas. Luego cumples años y el imán se va apagando.
—Además, maricón, que le daba igual carne que pescao, mujeres y hombres —se recreaba en el morbo—. Este no le hace ascos a nada mientras se estén quietecitos.
—Hay que tener ganas. Pero no hay señales de penetración ni rastros de semen.
—Otra cosa que tengo que revisar.
—A las buenas, se le aplicaría el 577 y no el 340 por no mediar destrozo sepulcral. Al loco le saldría el muerdo por lo mismo que le costaría a ese… —Señaló a Tralla—… un polvo con una puta de Carretas.
¿Le habían visto cara de putero? De pulpo podía ser, que de lo que se come se cría, pero ¡de putero? Nasti de plasti. Tralla pasó de alusiones. Que le llamasen lo que les diera la gana, que él estaba ahí nutriéndose de actualidad extraoficial cosa mala y a su costa. La información aprovecha a quien sabe conectarla con sus intereses.
—Profanar cadáveres sale barato en este maldito país.
—Las leyes están hechas para los vivos. A los muertos que los jodan.
—Tiene que merodear por los mismos rincones que los yonquis.
—Pues será uno de ellos. O un mendigo. ¿No te parece?
—Qué rebuscado lo del mendigo. ¿Qué mendigos tenemos por el barrio? Todos andan por el centro. Dedícate a escribir novelas, macho.
—Lo haría si diesen dinero y no me metiese en líos con los jefes. —Pidió otra cerveza—. Pero me tienes que reconocer que hay gente muy tocada del ala, que le da por creerse lo que ha visto en una película. ¿Has oído eso del niño que se tiró del balcón pensando que era Supermán o lo del tío ese que se creía Charles Bronson y se puso las Navidades pasadas a limpiar el metro de Nueva York a balazos?
—Como cunda el ejemplo, nos dejan sin empleo.
—En año nuevo echaron por la tele esa peli de vampiros… Esa de… Era de risa pero menudos mordiscos. La actriz protagonista estaba como un tren. Supón que sea un loco que se cree vampiro porque ha visto mucho cine.
—No insistas. Aunque en Jefatura se lo lleguen a creer, eso no se puede contar así como así a la prensa. Se puede malinterpretar. Sugerir que un energúmeno está haciendo una escabechina crearía mucha alarma social, cuando son las jodidas ratas que ha habido de toda la vida por donde las vías o chuchos sueltos, asilvestrados, los que muy seguramente estarán desluciendo los cuerpos de los yonquis. ¿Recuerdas lo que pasó con la colza o el cáncer gay, la de psicosis que hubo? Y eso que ahí el peligro era invisible…
—Hum.
—… La jodemos si decimos algo así.
A veces alarmar no es tan malo. Nos recuerda que vamos juntos en el mismo barco, que somos todos iguales frente a la calamidad, que los humanos somos fuente y objeto de las mayores atrocidades porque, a efectos de sentir pavor o de provocar terror, da igual la naturaleza humana o sobrenatural del personaje que nos aceche, ya que el pánico lo llevamos dentro desde antes de nacer. Que levante la mano quien no tuvo miedo de salir por el agujero.
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