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| Cubierta de Colmillos de metal |
REFERENTES DE
COLMILLOS DE METAL (1)
texto de Fernando Figueroa
SINOPSIS: Febrero de 1985. Cada vez aparecen más y más yonquis muertos en las calles con unas extrañas marcas. Uno de ellos es un colega y vecino de Tralla, un baterista de heavy metal y seguidor de Aleister Crowley, que tratará de desentrañar el misterio que hay detrás. Guiado por la Providencia trazará un plan para capturar al culpable, que sólo podrá llevar a cabo con la colaboración de sus amigos. Juntos o por separado, se enfrentarán al mal que anida en la noche y que amenaza con devastar Madrid. A ritmo de sexo, drogas, rock y magiak, descubriremos la historia oculta de Vallecas.
Toda historia nueva bebe a su vez de otras historias; ya lo vimos con Expediente Bélmez. A veces es más evidente la referencia, otras veces, más discreta, pero un lector avezado se suele percatar del hilo que las enlaza y retroalimenta, aumentando los comentarios que merezca compartir su entusiasmo por la lectura con otros frikis de las literatura. En este saco Comillos de metal tiene unas cuantas.
Para empezar, por orden de género, están las vinculadas con el vampirismo: las películas Phantasma II (1979) y Vamp (1986). La primera también se conoce como El misterio de Salem's Lot, una versión televisiva, de alto impacto en su día, que se montaría también como película y estrenada en cines; una adaptación de la novela de Stephen King. De esta producción Colmillos de metal mantiene un parentesco muy patente en lo que respecta a la irrupción misteriosa de cierto personaje y en la necesidad de formar equipo para resolver qué está pasando. Hay otros guiños puntuales que seguro que el lector que conozca el referente disfrutará topándose con ellos.
En lo que atañe a Vamp, la inmersión en el submundo urbano es el elemento más notable junto al tono fresco y desenfadado de algunas escenas, ya que los ochenta eran mucho de mezclar terror con humor, humor negro. Posmodernidad que se tiñe, por supuesto, de un toque más jevi-rockero en este caso, antes que del tono popero del vampirismo cómico de Richard Wenk. Lo bueno, como en ambas películas, es que se mantiene el canon tradicional del vampirismo stokeriano, respetando esas limitaciones que hacen del vampiro un ser que, aunque goza de poderes vetados al ser huemano, trata de vencer sus propios retos para salir adelante.
Otro referente es La noche de los muertos vivientes (1968). No tanto por establecerse algún tipo de paralelismo con la situación que vive el barrio y que viven los protagonistas —que algo hay—, sino porque da la casualidad de que en los días en que se ubica la historia relatada se emitió por TVE esta película. Así que Tralla y su hermana Mónica la ven en casa por la televisión y en la que pueden proyectarse, dado que es una historia, en inicio, protagonizada por dos hermanos.
Por lo demás, se puede sentir el rastro sutil de las producciones de la Hammer más gamberra o la Amicus más suburbial, o el aire de las películas de Carpenter, Corman, Fulci, Argento..., todo entremezclado y muy setentero y ochentero, y con algún toque noventero, en concreto, al estilo de Álex de la Iglesia.
A esto hay que añadir, el cine quinqui o la comedia madrileña, las dos caras de la misma moneda que era la sociedad juvenil de aquel Madrid posfranquista, de rollo y movida.
Sin más, no me queda otra cosa que desearos que la disfrutéis, la leáis de día o de noche, y aconsejaros que os tapéis el cuello tanto en invierno como en verano, por favor, para no perder el calor.
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