EL GÉNERO FLUIDO
LA LITERATURA DEL FUTURO
de Fernando Figueroa
En nuestra época los textos literarios se suelen circunscribir a alguno de los géneros literarios establecidos, viejos o nuevos, en un ordenadísimo pantone de etiquetas que hacen la delicia de los reponedores de estanterías. Es casi imperativo hacerlo si quieres entrar en el circuito y abrirte hueco en ferias y festivales. Esos géneros responden a la tradición y a criterios de mercado y tienen la finalidad de advertir al lector acerca de en qué clave está la obra que va a leer o a escuchar o para facilitar al editor la producción, distribución y venta del producto, ya que es un modo eficaz de poder conectar la obra con un sector determinado de lectores. Incluso, esta adscripción se ha ido acomodando a anunciar de antemano qué se va a encontrar de seguro dentro de la novela y hasta cuál será su desarrollo y final, lo que case con la fijación de un consumidor conservador o conformista, apegado a fórmulas fácilmente reconocibles y poco amigo de desenlaces inesperados. Sin embargo...
En las últimas décadas, ha ido surgiendo un tipo de escritor que no ajusta sus historias al modelo prefijado por la política de géneros, sino que encuentra más sentido o placer cuando crea o recrea historias como le pide el cuerpo, sin miedo a salirse de lo reconocido o reconocible como característico de tal o cual género literario. Por supuesto, ha de quedar bien vertebrado para que no huela a pastiche, pero es fácil cuando todo fluye orgánicamente, como pide la historia.
Aparte de no temer salirse del guion, el autor prioriza su satisfacción propia. Eso me parece lo más importante. Y es que, en el fondo, obra así porque, de hacerlo como se espera, se aburriría a causa de no poder alas a una creatividad e imaginación tan vivas que le piden ampliar los horizontes de su capacidad de concepción e interrelación. Tanto desea crecer en esto que no le asusta que los lectores que le lean se sientan confundidos o incómodos. Espera que, tras la confusión, se sientan agradecidos antes que decepcionados o engañados, aunque... que no pasa eso, no se angustia: sabe que es el precio que lleva abrir puertas hasta que se logra dar con ese nicho de lectores que sintonizan tan a gusto con su propuesta y que puede ayudar a normalizar su alternativa. Y del nicho al más allá.
CAUSAS DEL GÉNERO FLUIDO
Se navega entre géneros en una misma historia por diferentes motivos:
- Enriquecer la lectura. Consiste en aumentar las experiencias posibles que pueden darse en un contexto dentro de un texto. Se trata de abrir el abanico de eventos y emociones que pueden concurrir en un marco escénico y un plantel de actores prefijados.
- Salirse de lo establecido. Romper las convenciones de un género lo ensancha (nuevos tropos, subetiquetas...) o genera nuevos géneros independientes. Responde al impulso creativo que lleva a replantear e innovar, aunque con un punto rebelde donde cabe el deseo de provocación, y alcanzar la originalidad.
- Combatir el aburrimiento. Es un hartazgo replicar las mismas fórmulas —exitosas— una y otra vez, incluso con las consabidas variantes recurrentes hasta lo cansino. Lo previsible empacha salvo para gente con fobias o inseguridades. Combinar códigos hace que el relato sea más llevadero, aunque se mantenga reconocible un género preponderante.
- Darle más realismo. Ajustarse a lo reconocible de un género conlleva amanerarse y, lo peor, generar una ficción tan recogida o encogida que exige una inmersión absoluta para que no chirríe el asunto. Ese aislamiento o suspensión de la conciencia no satisface a las mentes inquietas, pues necesitan añadir otras variables que forman parte de la realidad y que son factibles de intervenir en la trama. Todo nace desde la perspectiva de que la vida misma es una mezcla de situaciones de todo talante, cómicas o trágicas, intrigantes o románticas, terroríficas o espirituales, científicas o sobrenaturales, etc.
- Huir de la unidimensionalidad. Hay escritores que pueden vivir la construcción de un libro como una experiencia agobiante, restrictiva, casi una herramienta de coerción. Mientras que el lector mantiene la mente libre en su experiencia de lectura y puede ser testigo de la limitación y romper con su imaginación esas cadenas —o eso se espera—, el escritor se ve preso de un sistema editorial que lo constriñe y que solo puede subvertir si se deja llevar por su impulso creativo más rompedor.
ANTECEDENTES DEL GÉNERO FLUIDO
¿De dónde viene este no ceñirse al patrón? Nos movemos en lo hipotético. No hay nada analizado de cierto, pero me aventuro a afirmar que esa ruptura de esquemas se fue inculcando con el apogeo de la televisión. Se inició como efecto del gusto ecléctico que implantó una época abierta a novedades asombrosas y en la que cuajaba la cultura de masas como extensión de la cultura popular.
Los chavales que habían crecido con las narices pegadas a las pantallas a blanco y negro o a color de la vida moderna eran la generación idónea para idear una serie de historias poliédricas en sus cabezas. Su gusto era deudor de cierta curiosidad combinatoria, del «y si pasase esto o lo otro» en un siglo XX donde todo era posible cara al utópico —o distópico— año 2000. ¿Qué pasaría si Frankenstein montase un grupo de rock en 1965 y, para poder sacar un disco, tuviese que atracar un banco que resulta que es un nido de nazis ocultos que falsifican moneda? ¿Qué pasaría si un científico se enamora de una estudiante adolescente que detesta a sus padres, extraterrestres y que la buscan desesperadamente porque es la elegida para salvar la galaxia mientras sueña con ser estrella de Hollywood?, etc. En fin, se planteaban ingeniosos experimentos que buscaban despertar el interés, mantener la atención y avivar las emocionantes expectativas.
En los años setenta, podíamos ver a los mismos personajes de algunas series transitar, dentro de unas pautas reconocibles, por episodios que coqueteaban con otros género de modo puntual, medio en serio, medio en broma. Los podíamos ver desenvolviéndose en un episodio detectivesco o de espionaje, un episodio romántico, un episodio de casas encantadas o de espíritus, un episodio con un tesoro por medio, un episodio con un avistamiento ovni, con un monstruo de bosque o lago, reviviendo un episodio histórico, aunque fuera familiar, con un viaje en el tiempo, real o soñado; un episodio navideño, un episodio de angustia o crítica social, etc. Incluso, más en los ochenta, surgirán series que no hacían esto como paréntesis dentro del género que tratasen, sino que eran lo bastante elásticas como para que sus historias fluyesen de género en género sin problema ni cuestionamiento.
Así es que esa dinámica posmoderna, absorbente y de límites relativos o difusos servía para aumentar el entretenimiento, para rizar el rizo y sorprender, para estirar el chicle, con suerte, sin perder sabor, etc. y funcionaba acorde con un público hipernutrido en muy diferentes registros, de gustos variados y que, por ello, podía disfrutar de cualquier combinado siempre que la novedad estuviese bien hecha o conectase con él.
Eso fue lo más interesante, cuando se generaron historias que acogían diversidad de situaciones y enfoques. Aquí podemos pensar tanto en televisión como en cine. Algunas películas de los ochenta, a veces desde cómico o lo paródico y otras con la seriedad de la ambigüedad o el juego de «empieza de una manera y acaba de otra» —pensemos en desde Psicosis a Abierto hasta el amanecer—, apostaban por una clara mezcla de géneros, entre el pastiche y la feliz combinación. No es raro que también se diera en la literatura viendo que el cine de serie B y serie A lo tocaba y triunfaba con ello. En todo caso, los escritores de las generaciones televisivas tenían una fuente de inspiración para acometer su relectura y amoldamiento propio de los géneros que más le gustaban por medio de su combinación.
EL FUTURO DEL GÉNERO FLUIDO
Depende de escritores y lectores que se afiance el género fluido en la literatura, aunque se elija una característica del relato como la rectora a la hora de presentar la obra en público. Lo suyo, en ese caso, sería, como corresponde a cualquier producto de consumo homologado, indicar en el etiquetado algo así como «los ingredientes» y, si es posible, el porcentaje. Por ejemplo:
Género Fluido. Ingredientes: Negra 45 %, Erótica 8 %, Romántica 15 %, Misterio 10 %, Comedia 22 %. Advertencia: Este artículo es un producto natural. Puede contener trazas de ensayo filosófico u otros restos. No apropiado para intolerantes e integristas. País de origen: España.
Así podría exponerse en cualquiera de mis novelas, y sería la fórmula más honesta para que el lector supiese qué se va a meter entre ojos y espalda y no le salga un sarpullido o le dé una indigestión. Pero hasta eso prefiero que quede en la incertidumbre. Creo que basta con decir el sabor de lo fluido: es un libro fluido policiaco, un libro de terror fluido, un libro de fantaciencia fluida, etc.
Por supuesto, habría que defender la entidad autónoma del género fluido, etiqueta válida y positiva porque libera al ser humano de cortapisas que nos acotan y amoldan el pensamiento con mayor o menor holgura. No quiero decir que se elimine lo viejo, sino que se deje aflorar y tomar forma a lo nuevo y que se considere lícita la etiqueta de «fluido» por mera ley de economía, para no tener que poner una sarta de nombres y apellidos tales como «hardboiled cómico-erótico neovictoriano» o «novela urbana vampírica tragicómica», pongamos. Ahora, que se halla uno con la etiqueta «novela fluida», «novela romántica fluida» o «novela fluida romántica» en la estantería de turno, pues ya sabe que le espera algo por descubrir, que solo la sinopsis o el texto de detrás de la cubierta permitirá atisbar una pizca de lo que contenga el libro. Aténgase a las consecuencias, prospecte y disfrute de la aventura lectora.
Yo escribo fluido, lo reconozco. Esto es, lo mío es el género fluido, literariamente hablando. Llámalo potaje si eres pureta o cóctel si te pirra el glamour pero a mí me sabe a gloria bendita.


























