domingo, 30 de agosto de 2026

¿ES CARO LEER?


 




¿ES CARO LEER?

de Fernando Figueroa



Hace poco una lectora me escribió para decirme que le gustó mucho Colmillos de metal y que estaba encantada con la serie de Historias vallecanas. Pero lo que más me interesó de su comentario fue que me dijese que leerlo le llevó tres días, por lo que supongo que lo leyó de un tirón. Son 444 páginas, lo que supone que fueron unas 148 leídas por día, una buena tacada.

Esto me hizo pensar en la lectura como consumo, en el libro como consumible, en la rentabilidad económica de su uso. Esto es, ¿compensa? Sí, ¿compensa comprar un libro frente a otros productos culturales que escapan del fast food, del fast reading?, que no es lo mismo devorar un libro que tener un libro de fácil digestión.

Aparquemos los libros un momento y pensemos en un producto similar pero audiovisual: una película al cine, cuyo tiempo de consumo está medido de antemano. En ese caso, ¿me saldría tan a cuenta como leerme un libro o me sale mejor?

El precio en las taquillas madrileñas para ir a ver una película varía. Sería de alrededor de 10 euros de media, aunque en el día del espectador podría reducirse como hasta la mitad. Sobre la duración de la proyección, ronda entre la hora y media y las tres horas como mucho, para así poder garantizar varias proyecciones en una misma sesión. Digamos que sale la hora, en el mejor de los casos, sobre los 1,50 euros. ¡No está mal! En una película normal, como mucho, pagamos 6,3o euros/hora, a lo que se puede sumar el gasto en las palomitas, las mismas que puedes tomarte mientras lees en la calle o en casa por un precio muy inferior.

Con ese balance y para comparar, ¿a cómo saldría leer un libro sabiendo que los hay con más o menos páginas? Más allá del precio y recordando lo variable de su consumo, antes de todo habría que considerar en el cálculo el tiempo de lectura y, con ello, su ligereza. La velocidad lectora depende de la práctica y de la intensidad inmersiva tanto como de lo fluido de la escritura: cuanto más se ha leído, más rápida y comprensiva será la lectura como, cuanto más capacidad de conexión se tenga, más amena será. Luego habría que estimar que, aunque haya libros que valen un ojo de la cara, la media de los precios que se estilan hoy en día en las novedades editoriales españolas se fijaría en torno a los 20 euros. Por tanto, la cuenta sale diferente con un mismo libro, lo que no pasa con el visionado de una película, igual para cualquier tipo de espectador, según la categoría de la sala, eso sí.

Por todo eso, conviene hablar en este tema en particular y no en general. En este caso, los tres días de lectura de esta lectora le costaron, en origen, 16,50 euros. Si pensamos, pues el dato no lo tengo, que cada día leyó como si dedicase el tiempo a ver una película larga, de esas de 3 horas, o sea, 9 horas en total, unas 50 páginas por hora, esa lectura a le saldría a 1,83 euros/hora, 4 céntimos/página. Suena mejor que ir al cine el día del espectador, sale mucho más a cuenta.

Imaginaos, entonces, el disfrute tan económico que nos ofrecen diariamente los mercadillos de segunda mano, las bibliotecas públicas o familiares, los repositorios de cafés, los libros libres o el préstamo entre colegas. Sin enchufes ni baterías, con tu imaginación a todo color y a todo gas para dar vida lo que se va construyendo palabra tras palabra, disfrutas con un coste ridículo o nulo de un viaje imaginativo.

No olvidemos tampoco que, aun pagando o pagando mucho, el coste de un libro se va rebajando con cada nueva relectura del libro, aspecto similar al consumo de un DVD —que, a diferencia de la proyección en cines, incluye extras, versiones extendidas, etc.— o de todo producto que uno posea y no alquile y, por ello, pueda consumir una y otra vez sin más coste añadido que el del consumo del dispositivo o el bocata o el té con pastas que te hagas para acompañar la lectura. Eso no ocurre con las plataformas de pago, que con cada renovación de cuota se incrementa el coste de la película o la serie que revés. Ahí todo va al alza, no a la baja.

En cierto modo, el modelo de negocio en la era digital parece apuntar a una imposición del consumo rentado, por ese afán de concentrarse en afianzar fórmulas de acumulación de capital hasta las trancas, bajo la coartada de garantizar un nutrido catálogo: un buen surtido de novedades o de clásicos. Espero que revirtamos esa tendencia al lucro infinito, propio de gente que se considera inmortal o que pretende dar de comer y algo más a sus cien generaciones de descendientes, frente al enriquecimiento cultural y espiritual del pueblo imperecedero a través de una cultura asequible y compartible al alcance de todos y en todo momento. Es el mejor papel editorial garantizar productos amortizables y no endeudantes, para beneficio de lectores y también de escritores, pues no nos creamos tampoco que este tinglado está montado para beneficio de los productores ni de sus herederos. No, no, aquí el que gana con perenne frenesí es el intermediario que se hincha de rabia cuando ve a una persona corriente paseando con un libro en la mano que no genera dinero, sino bienestar.


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