
LITERATURA ADULTA
Cuando era niño, en los tiempos de la Transición española, decir «para adultos» eran palabras mayores. Decirlo anunciaba que el tema era solo algo que interesaba a tus padres para arriba o que aburría a los pequeños, o avisaba, llana y sencillamente, de que había por medio violencia gorda, perversión a granel, desnudos a todo trapo o sexo a gogo, o todo ello junto, revuelto o agitado. Ese etiquetado respondía a la dinámica marcada por la censura moral de la sociedad española de aquellos días. Esa de uno o dos rombos, heredera de aquella represión nacionalcatólica que había engendrado un comercio clandestino o secreto de ciertas publicaciones «para adultos» y que, ahora, se ofrecían públicamente porque solo podían consumirlo —o debía ser así— adultos, por muy espabilado que fuera el crío. Y es que había chicos y chicas muy muy precoces, capaces de leerse un Dickens sin pestañear, no perderse ni un episodio de Kojak o toquetear las páginas centrales del Interviú en un descuido del quiosquero.
Hoy en día, parece que decir «para adultos» se convierte en otra cosa. Parece que significa, sobre todo, «para gente con comprensión lectora», «para gente que distingue realidad de ficción», «para gente mentalmente tolerante, «para gente sin complejos»», «para gente que sabe de la vida o quiere saber de ella» y algo parecido a como eran las cosas en los años setenta u ochenta: «para gente no fácil de impresionar o que quiere eso, que la impresionen». Pero todo apunta —o eso nos quieren hacer creer— que prevalece que se busca en la literatura un refugio cándido o previsible, variantes sobre el mismo tema, sin estridencias ni rupturas, ataraxia consumista porque «nosotros lo valemos, valemos que nos cuiden».
Por eso, me aturden los casos que entienden «para adultos» como «lectura complicadita» mientras lo otro parece ser una constante cultural asentada en el clasismo moral o la moral de prestigio. Pues, que no te entiendan cuando lo has puesto bien clarito te da una bajona mala mala, te hunde en el sumidero del malditismo. Que se escandalicen por lo escandaloso como que te lo esperas aunque cada cual tenga su umbral, pero que no entiendan una idea porque se desarrolla entre subordinadas o metáforas es para que te dé una subjuntivitis.
Aturde porque, en estos tiempos que se declaran librepensadores y cuasilibrehacedores sobre el papel, amplían el espectro de reacciones adversas a las que el escritor debe afrontar si lo leen, efectos secundarios que van dejando de ser imprevistos para ser previsibles impepinables. Y, ¡qué diantres!, han hecho rebajar el listón de lo que es una hard reading que te exige un esfuerzo mental y de confrontación moral extra, ese que supone aceptar el tránsito de la niñez a la adolescencia y de esta a la adultez y otras adulteces posibles. ¡Con lo maravilloso que es madurar a golpe de página y no a mazazo de vida para vivir con más cuidado, menos penas y mejor provecho!
En algunos comentarios de mis lectores, se aprecia que les cuesta a veces seguir el discurso o el hilo, cuando es notable que es cuestión de concentración o acomodación retórica, o les cuesta hacerse con los personajes —son novelas bastante corales—, por lo mismo, por falta de costumbre de leer novelas con más de dos protagonistas y cinco secundarios o porque se obligan a quedarse con todos los datos cuando no hay necesidad, esto no es estudiarse una oposición; como también parece que, en cuanto sale una palabreja que no conocen, les explota la cabeza y afirman con todo el cuajo que la novela tiene un leguaje culto, cuando es popular (de otra época, quizás) o preciso sin ser especializado; o se escandalizan de comportamientos inadecuados o incorrectos, aunque el personaje, la situación o el género lo demandarían a gritos de no ser así porque es lo suyo. Bueno, esto es lo más llamativo, al margen de lógicas sujetas a contexto o precontexto que pueden fastidiar la inmersión lectora, especialmente cuando estamos ante un texto historicista. ¡Ay, la mala enseñanza y el pobre aprendizaje!
Nunca me ha gustado considerar al lector un ser al que se le debe proteger de la mala literatura, aunque sí de las malas ediciones; ni como alguien que rehúye la oportunidad de aumentar su horizonte de pensamiento, emocional o lingüístico-gestual, o sea, afrontar tanto lo que hay en la vida desde la experiencia y el contacto con el mundo como lo que aparece en la ficción por gracia de la imaginación y la fantasía. Hay cosas que, si no te las cuentan, no las te las vas a poder figurar ni en sueños. Es la gracia de la comunicación y la curiosidad.
Por eso, no escribo —aunque el tema o el estilo inviten a veces a creer que es así— para niños o adultos que quieran seguir siendo niños, con un vocabulario y una sintaxis restringidos para no excitar la hormona del crecimiento neuronal o poner en aprietos con inoportunas preguntas o comentarios a mayores inmaduros o amagos de adultos próximos o circundantes, amigos del escándalo o presos del fanatismo. Ya tenemos una edad como para ponernos a hacer tonterías. Es más, mucho me costó conseguir entrar en la esfera adulta como para rebajarme al son de los tiempos de la infantilización galopante, y eso que tampoco derrapo hacia la alta cultura que admiro. Pero ¿quién dijo que la cultura pop tenía que ser una fritanga verbenera sin vocación de puchero gourmet sin perder su esencia popular? ¿Quién?
Solo faltaría que fuese el autor el que se tuviese que adaptar a todos los paladares lectores y no el lector a su cocina, que es el que ofrece su trabajo no como servidor, sino como creador que, si acaso se somete al criterio de alguien, ya lo hace al de los editores, más de trabajar de encargo. Pero eso es el mercado, parece; el mercado que se lleva. En vez de que el lector busque sus autores gracias a los medios que ofrece sobradamente la tecnología, se invita al autor a bajarse las tapas y ampliar su abanico de lectores con oportunos sacrificios a cambio de una faja —algunos estarán encantados, les será hasta muy fácil ajustarse al mainstream de turno, enhorabuena—; o ceñirse al nicho y acomodarse tan pancho a sus metros cuadrados de distensión. Que no sé qué es peor, porque seguro que hay puntos medios que nos harían la distribución más feliz. En fin, búscate la medida y que lleguen los lectores que te mereces y te merecen.
Tampoco creo que los escritores debamos someternos al papel de moralistas o tutores de nuestros lectores más allá de nuestros intereses particulares por transmitir una idea o renovar el panorama en pos del progreso intelectual y emocional. No debemos salirnos de las preocupaciones netamente creativas acerca de la transmisión de nuestra escritura, el estilo, la construcción de personajes, la trama, el tema... Considero al corrector de sensibilidad una reencarnación privada del censor público o una extensión laboral más del coachineo que nos traemos con el nuevo milenio, el coach de la autocensura que nos enseña cómo mejorar en nuestro autocontrol expresivo, que no en nuestro dominio de la escritura, en mejorar nuestro arte de hacer las cosas. Un puntal más para consolidar al escritor inmaduro como proveedor del lector inmaduro. La IA no deja de tirar por el mismo camino: castración o muleteo digital para no aprender a caminar con los propios pies o alcanzar el equilibrio con las propias manos.
Al final tenemos un desdoblamiento de conveniencia —a veces he pensado en hacer doble edición, como se hacía en tiempos la doble versión en cine: un libro para todos los públicos y el mismo en versión hardcore, bueno, «para viejos adultos»—, quizás por compensación o porque, por fortuna, el sistema lo permite. ¡Cómo no iba a hacerlo! Por supuesto, el business es business y todo cabe en el capitalismo mientras genere riqueza, aunque el neoliberalismo nos diga que solamente cabe lo que genera mucha mucha mucha riqueza y eso suponga desmantelar la cultura como industria de bajo rendimiento monetario hasta dejarla en el pellejo del entretenimiento y los huesos del postureo para que dé lo más por menos. Una inercia extractiva y acelerada que nos lleva a exageraciones ridículas o nauseabundas en ambos sentidos de calidad, pero bueno, hay estómagos para todo en el imperio de la fast food y el low cost, o tragaderas para supervivir en la sociedad de la banalidad existencial. Elige tú: «adaptarse o morir» o «resistir es vencer», he ahí el dilema.
Así que que me lea quien quiera y pueda. Yo estoy aquí para escribir, compartir mi imaginario y mis capacidades expresivas, responsabilizarme meramente de mi aspiración a la autenticidad y a una feliz conexión. A cada cual lo suyo. El lector, por su parte —como yo cuando leo—, que lea y que pierda el miedo o el pudor a leer otras cosas o, si es más de lo mismo, que lea mejor y mejores libros. Hay mucho mundo ahí fuera y dentro de nuestras cabezas como para encerrarse en el monocultivo o atarse al plato único, como para limitarnos a andar en círculos, aislados en guetos literarios o mediáticos en una vida que es más corta de lo que nos pensamos y que carece de sentido si no supone ampliar vivencias, sumar experiencia, compartir impresiones, circular conocimientos..., en suma, crecer como individuos sociales, como sociedad intergeneracional, como especie intercultural, como humanidad, y ensanchar nuestra consciencia, enriquecer nuestra expresividad, cultivar nuestra capacidad de tolerancia, fortalecer nuestra concordia y dejar una huella positiva en los demás y en el mundo.
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