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| Kómete a los rikos |
JÁLOGÜIN ASOMA LA PATITA Y EL HOCICO
de Fernando Figueroa
Llegan las festividades de difuntos y los escritores autopublicados apuran para tener listos textos que compaginen con la celebración o se preparan para desempolvar aquellos títulos publicados que encajarían como vela en candelabro para la ocasión. Es la llamada interdimensional, pues se ambiciona lograr escapar del plano espectral para alcanzar el estelar, liberarse del estigma de lo que no se puede o ha podido manifestar en los medios especializados o materializar en los anaqueles de las grandes superficies o las cadenas del ramo librero. Y se preguntan ante la incertidumbre ectoplasmática de pinchar en hueso u oler a podrido en Dinamarca, ante la posibilidad de caer de nuevo en el abismo de los malditos o desgraciados: ¿Los hados me serán favorables frente a los algoritmos?, ¿habrá un hechizo ignoto cuyo acceso no pase por un coach simonista?, ¿no sería mejor pactar directamente con el Diablo que pagar a una pseudoeditorial o a un pseudoagente?
La desesperación es terrible. Rechinan los dientes, crepitan las costillas, se pudren los dedos, se desprenden las yemas y salen de sus órbitas los ojos de quienes no pueden soportar ya la falta de invocación de sus talentos. Por entre ese concierto macabro, algunos no se dan por vencidos, como en mi caso, y, con la abnegación del esperanzado y ante los vivos por testigos, presumimos de nuestros libros no-muertos porque... ¿Qué es un libro publicado, no leído y que no ha alcanzado la Gloria ni ha sido abierto ni una vez ni tampoco se ha reconvertido en pulpa de papel si no es un libro no-muerto, apilado, enfilado, enfundado, estuchado, encajonado..., yaciente en un oscuro y húmedo trastero a punto de desalojarse de trastos y convertirse en un coqueto alojamiento de temporada?
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| Das Buch der Bucher |
¿Qué son también los libros almacenados con pasado pero sin futuro, por muy magreados que hayan sido sino no-muertos? Y es que en estos tiempos de pantallas, los libros parecen inertes compañeros, reliquias de santos, mortajas de saberes obsoletos. A menudo las estanterías domésticas parecen nichos; las librerías, hospitales; las de segunda mano, pabellones del cuidado intensivo o del desahucio y las ferias, tanatorios con sus largas colas, sus comitivas saludando los féretros y dando el pésame a los progenitores y allegados del difunto o expresando su disgusto por los vacíos sepulcrales de la descatalogación que arrastra al osario a los mejores.
Allí, balda a balda, figuran los lomos con nombres, fechas y títulos y subtítulos que resuenan a epitafios recordándote que la representación sobrevive a lo representado más a menudo que lo contrario; y me admiro de la capacidad humana por abrir las tapas de algunos de esos ataúdes y revertir su triste destino, resucitar sus contenidos con la fuerza de la oralidad, el poder de la mente o la misericordia del corazón. Ábrete y habla, parecen decir los cristos de la literatura imponiendo sus manos sobre lomos, pellejos y cantos. Y pasa, obedecen y pasa, responden a la voluntad ajena, aunque no a perpetuidad, sino esporádicamente, de vez en cuando, por un tiempo indeterminado; con suerte, con una viveza deslumbrante y un vigor efímero que nos recuerda que se puede vivir más de una vez aunque se nos prive de la eternidad, hasta en una única vida.
El libro no-muerto deambula entre despertares y dormires, falsos y honestos, más allá de paseos y postureos, como un golem esclavo, como un genio atrapado por un nigromante, y así algunos tienen un solo dueño o un dueño perdido cuyo rastro guarda en la memoria una hoja de respeto o la portada interior. Otros son almas errantes. En los peores casos, almas en pena caídas en los contenedores de reciclaje o el afilado tártaro de los adoradores del silíceo.
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| London bookshop under Blitz |
Al igual que hay algo de aborto cuando un manuscrito que no llega a publicarse, también que este no se lea, comprado o no, resulta una especie de negación a poder vivir tras el nacimiento ni siquiera una de esas mil vidas que podría tener cada libro. Todo libro tendría que tener derecho a una primera vida sin que sea esta la relectura del autor. Eso no vale, que solo reelerá uno de muchos. Que el monstruo una vez animado sea visto por Frankenstein no lo resitúa de objeto en ser vivo; se requiere un acto de reconocimiento social que pasa por hacerlo público. Para que ese libro tenga ánima, ha de presentarse y compartirse en sociedad y bailar de mano en mano y cantar de boca en boca para alcanzar su sentido de ser, que existir es una cosa y ser es otra. Y, aunque en el no-vivo el existir y el ser se confundan, nos basta con ver un libro convertido en objeto de decoración o en el calzo de una mesa coja para intuir que hay cierto matiz entre los distintos estares en el mundo.
Hay formas y formas de estar en este mundo y no todas son gustosas o plenas. La autonomía de un libro es muy limitada, más de lo que creen los bibliólogos. Y es que hay una gran verdad que pocos soportan sin agachar la cabeza: hay más ejemplares muertos que libros por nacer. Es duro oírlo pero es así y así será.
Por fortuna, mis libros jalogüinidables: Expediente Bélmez, Colmillos de Metal o Kómete a los rikos —ya metí la cuña como un mal chiste en un funeral—, han vivido porque han sido en manos y bajo las miradas de otros y tan poca ha sido la tirada que pocos hay que no se hayan visto iluminados en sus entrañas por el hálito humano. Eso reconforta a este Frankenstein o Loew letrista que les escribe estas líneas por cuanto sus partituras han logrado convertirse en el verbo interior de otros que las interpretaron y dieron a su vez luz y hasta las dieron descendencia por simple inspiración, la digestión de alma creativa.
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| Expediente Bélmez |
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| Colmillos de metal |
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| Kómete a los rikos |
Sin embargo, todos queremos más, claro que quieres más, quiero que vivan más que yo y temo que no me sobrevivan aunque constituya un querido consuelo, de los varios que contamos, frente al hecho inevitable de que abandonaremos este escenario y hasta este teatro cuando menos se piense, un día o una noche. Por eso, se entronca el libro al árbol o se le emparenta con los hijos. Son frutos personales y autónomos capaces de tomar un rumbo propio que, no obstante, recordará que fuimos, estuvimos y existimos.
Post Data: Hace unos días se me informó de la nueva política de contenido de Blogger. Estoy en ascuas.







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