lunes, 28 de septiembre de 2026

REFERENTES DE COLMILLOS DE METAL (3)

 




REFERENTES DE

COLMILLOS DE METAL (3)

texto de Fernando Figueroa



SINOPSIS: Febrero de 1985. Cada vez aparecen más y más yonquis muertos en las calles con unas extrañas marcas. Uno de ellos es un colega y vecino de Tralla, un baterista de heavy metal y seguidor de Aleister Crowley, que tratará de desentrañar el misterio que hay detrás. Guiado por la Providencia trazará un plan para capturar al culpable, que sólo podrá llevar a cabo con la colaboración de sus amigos. Juntos o por separado, se enfrentarán al mal que anida en la noche y que amenaza con devastar Madrid. A ritmo de sexo, drogas, rock y magiak, descubriremos la historia oculta de Vallecas.


No sé si más que referentes deberíamos hablar de referencias, pues voy a comentar acerca de las localizaciones con que cuenta Colmillos de metal. Antes habría que recordar esa gran ventaja que tiene la literatura o el cine de animación de que cuesta lo mismo en esfuerzo y economía localizar sus historias en tal o cual lugar, sea realista o fantasioso. Esto le da una libertad absoluta para elegir los escenarios dentro de las necesidades de su narración, lo que redunda en una alta libertad creativa.

La novela transcurre principalmente en Vallecas-Entrevías, Pacífico, Santa Ana, El Rastro, El Retiro o la Pedriza, además del metro y los autobuses de la EMT. Como lugares concretos, podríamos reconocer el IB Arcipreste de Hita, el Mapa de Entrevías, el bareto al lado de la comisaría, el Degrís, el Bulevar, los Soportales, el Hebe, el Wendigo, el cerro Almodóvar, las vías, el puente sobre la vía, los locales de ensayo, el Hotel Reina Victoria, el Café Alemán, el Museo del Prado, el Hospital Provincial (luego Marañón) o el Walpurgis, hogares diversos (el hogar de Tralla, de su colega, de su ligue, de sus amigas...), etc. Unas buenas localizaciones reimaginadas o imaginadas.



La elección de estos emplazamientos responde a lo que ofrece el terreno en la lógica de acontecimientos y al poder de resonancia arquetípica de esos lugares, por supuesto. Es interesante apreciar cómo los espacios ofrecen un aura simbólica por sí mismos o en relación con los sucesos que ocurren en ellos. Ahí reside a veces que cale una escena en el lector. También afecta si la escena transcurre de día o de noche. Según qué, es fundamental para transportar un suceso hacia un plano extraordinario o a los márgenes de la normalidad cotidiana. Periferia y centralidad adoptan otros significados más allá de lo social e histórico.

No voy a negar que prima el interés por generar tal o cual ambientación o clima para afectar al estado de ánimo o tensión del lector y, sobre todo, recrear Vallecas o Entrevías o los años ochenta desde el espejo distorsionado de la literatura y la evocación de quien lo conoció desde su prisma particular, con crudeza o candor. Todo lugar exige una sensorialidad que lo complete. Pero es un recurso más para hablar de la realidad de las emociones y los pensamientos, las acciones y las palabras, las lagunas y los silencios, lo real y lo ideal. El retrato social se presenta a menudo como un tránsito por los estratos de una sociedad dantesca. Aquí no es menos, pues se deambula desde por la esfera de las clases acomodadas y hasta por la de los parias de la tierra.

Además, está lo otro. Nadie dijo que una urban opera tuviese que abrirse paso solo por una realidad ficcionada sin  darse de bruces con eso otro. Por eso, entre las localizaciones está también la esfera onírica o esa dimensión espacial que se desenvuelve en paralelo al mundo humano como si fuera el aliento de nuestras sombras y que es receptáculo de distintos planos. Aquí tenemos desde el feérico a la ultratumba pasando por el plano astral.

Todo esto dentro de ese microuniverso que es un libro, página a página entre dos tapas.


Otros referentes de Colmillos de metal


Portada versión Kindle

Castellano

444 páginas
15,24 x 2,08 x 22,86 cm
Tapa blanda y Kindle






lunes, 21 de septiembre de 2026

LITERATURA ADULTA


 




LITERATURA ADULTA

de Fernando Figueroa




Cuando era niño, en los tiempos de la Transición española, decir «para adultos» eran palabras mayores. Decirlo anunciaba que el tema era solo algo que interesaba a tus padres para arriba o que aburría a los pequeños, o avisaba, llana y sencillamente, de que había por medio violencia gorda, perversión a granel, desnudos a todo trapo o sexo a gogo, o todo ello junto, revuelto o agitado. Ese etiquetado respondía a la dinámica marcada por la censura moral de la sociedad española de aquellos días. Esa de uno o dos rombos, heredera de aquella represión nacionalcatólica que había engendrado un comercio clandestino o secreto de ciertas publicaciones «para adultos» y que, ahora, se ofrecían públicamente porque solo podían consumirlo —o debía ser así— adultos, por muy espabilado que fuera el crío. Y es que había chicos y chicas muy muy precoces, capaces de leerse un Dickens sin pestañear, no perderse ni un episodio de Kojak o toquetear las páginas centrales del Interviú en un descuido del quiosquero.

Hoy en día, parece que decir «para adultos» se convierte en otra cosa. Parece que significa, sobre todo, «para gente con comprensión lectora», «para gente que distingue realidad de ficción», «para gente mentalmente tolerante», «para gente sin complejos»», «para gente que sabe de la vida o quiere saber de ella» y algo parecido a como eran las cosas en los años setenta u ochenta: «para gente no fácil de impresionar o que quiere eso, que la impresionen». Pero todo apunta —o eso nos quieren hacer creer— que prevalece que se busca en la literatura un refugio cándido o previsible, variantes sobre el mismo tema, sin estridencias ni rupturas, ataraxia consumista porque «nosotros lo valemos, valemos que nos cuiden».

Por eso, me aturden los casos que entienden «para adultos» como «lectura complicadita para gente sin hábito o con monotonía» mientras lo otro parece ser una constante cultural asentada en el clasismo moral o la moral de prestigio. Pues, que no te entiendan cuando lo has puesto bien clarito te causa una congoja, te da una bajona tan mala mala que te hunde en el sumidero del malditismo. Que se escandalicen por lo escandaloso como que te lo esperas aunque cada cual tenga su umbral, pero que no te entiendan una idea porque se desarrolla entre subordinadas o metáforas es para que te dé una subjuntivitis.

Aturde porque, en estos tiempos que se declaran librepensadores y cuasilibrehacedores sobre el papel, amplían el espectro de reacciones adversas a las que el escritor debe afrontar si lo leen, efectos secundarios que van dejando de ser imprevistos para ser previsibles impepinables. Y, ¡qué diantres!, han hecho rebajar el listón de lo que es una hard reading que te exige un esfuerzo mental y de confrontación moral extra, ese que supone aceptar el tránsito de la niñez a la adolescencia y de esta a la adultez y otras adulteces posibles. ¡Con lo maravilloso que es madurar a golpe de página y no a mazazo de vida para vivir con más cuidado, menos penas y mejor provecho!

En algunos comentarios de mis lectores, se aprecia que les cuesta a veces seguir el discurso o el hilo, cuando es notable que es cuestión de concentración o acomodación retórica, o les cuesta hacerse con los personajes —son novelas bastante corales—, por lo mismo, por falta de costumbre de leer novelas con más de dos protagonistas y cinco secundarios o porque se obligan a quedarse con todos los datos cuando no hay necesidad, esto no es estudiarse una oposición; como también parece que, en cuanto sale una palabreja que no conocen, les explota la cabeza y afirman con todo el cuajo que la novela tiene un leguaje culto, cuando es una expresión popular (de otra época, quizás) o un término preciso sin ser especializado; o se escandalizan de comportamientos inadecuados o incorrectos, aunque el personaje, la situación o el género lo demandarían a gritos de no ser así porque es lo suyo. Bueno, esto es lo más llamativo, al margen de lógicas sujetas a contexto o precontexto que pueden fastidiar la inmersión lectora, especialmente cuando estamos ante un texto historicista. ¡Ay, la mala enseñanza y el pobre aprendizaje!

Nunca me ha gustado considerar al lector un ser al que se le debe proteger de la mala literatura, aunque sí de las malas ediciones; ni como alguien que rehúye la oportunidad de aumentar su horizonte de pensamiento, emocional o lingüístico-gestual, o sea, afrontar tanto lo que hay en la vida desde la experiencia y el contacto con el mundo como lo que aparece en la ficción por gracia de la imaginación y la fantasía. Hay cosas que, si no te las cuentan, no te las vas a poder figurar ni en sueños. Es la gracia de la comunicación y la curiosidad.

Por eso, no escribo —aunque el tema o el estilo inviten a veces a creer que es así— para niños o adultos que quieran seguir siendo niños, con un vocabulario y una sintaxis restringidos para no excitar la hormona del crecimiento neuronal o poner en aprietos con inoportunas preguntas o comentarios a mayores inmaduros o amagos de adultos próximos o circundantes, amigos del escándalo o presos del fanatismo. Ya tenemos una edad como para ponernos a hacer tonterías. Es más, mucho me costó conseguir entrar en la esfera adulta como para rebajarme al son de los tiempos de la infantilización galopante, y eso que tampoco derrapo hacia la alta cultura que admiro. Pero ¿quién dijo que la cultura pop tenía que ser una fritanga verbenera sin vocación de puchero gourmet, que no se pierde la esencia popular por cocinar a fuego lento más de diez ingredientes con sofrito, cocción, desgrase, reposo y aliño? ¿Quién?

Solo faltaría que fuese el autor el que se tuviese que adaptar a todos los paladares lectores y no el lector a su cocina, que es el que ofrece su trabajo no como servidor, sino como creador que, si acaso se somete al criterio de alguien, ya lo hace al de los editores, más de trabajar de encargo. Pero eso es el mercado, parece; el mercado que se lleva. En vez de que el lector busque sus autores gracias a los medios que ofrece sobradamente la tecnología, se invita al autor a bajarse las tapas y ampliar su abanico de lectores con oportunos sacrificios a cambio de una faja —algunos estarán encantados, les será hasta muy fácil ajustarse al mainstream de turno, enhorabuena—; o ceñirse al nicho y acomodarse tan pancho a sus metros cuadrados de distensión. Que no sé qué es peor, porque seguro que hay puntos medios que nos harían la distribución más feliz. En fin, búscate la medida y que lleguen los lectores que te mereces y te merecen.

Tampoco creo que los escritores debamos someternos al papel de moralistas o tutores de nuestros lectores más allá de nuestros intereses particulares por transmitir una idea o renovar el panorama en pos del progreso intelectual y emocional. No debemos salirnos de las preocupaciones netamente creativas acerca de la transmisión de nuestra escritura, el estilo, la construcción de personajes, la trama, el tema... Considero al corrector de sensibilidad una reencarnación privada del censor público o una extensión laboral más del coachineo que nos traemos con el nuevo milenio, el coach de la autocensura que nos enseña cómo mejorar en nuestro autocontrol expresivo, que no en nuestro dominio de la escritura, en mejorar nuestro arte de hacer las cosas. Un puntal más para consolidar al escritor inmaduro como proveedor del lector inmaduro. La IA no deja de tirar por el mismo camino: castración o muleteo digital para no aprender a caminar con los propios pies o alcanzar el equilibrio con las propias manos.

Al final tenemos un desdoblamiento de conveniencia —a veces he pensado en hacer doble edición, como se hacía en tiempos la doble versión en cine: un libro para todos los públicos y el mismo en versión hardcore, bueno, «para viejos adultos»—, quizás por compensación o porque, por fortuna, el sistema lo permite. ¡Cómo no iba a hacerlo! Por supuesto, el business es business y todo cabe en el capitalismo mientras genere riqueza, aunque el neoliberalismo nos diga que solamente cabe lo que genera mucha mucha mucha riqueza y eso suponga desmantelar la cultura como industria de bajo rendimiento monetario hasta dejarla en el pellejo del entretenimiento y los huesos del postureo para que dé lo más por menos. Una inercia extractiva y acelerada que nos lleva a exageraciones ridículas o nauseabundas en ambos sentidos de calidad, pero bueno, hay estómagos para todo en el imperio de la fast food y el low cost, o tragaderas para supervivir en la sociedad de la banalidad existencial. Elige tú: «adaptarse o morir» o «resistir es vencer», he ahí el dilema.

Así que que me lea quien quiera y pueda. Yo estoy aquí para escribir, compartir mi imaginario y mis capacidades expresivas, responsabilizarme meramente de mi aspiración a la autenticidad y a una feliz conexión. A cada cual lo suyo. El lector, por su parte —como yo cuando leo—, que lea y que pierda el miedo o el pudor a leer otras cosas o, si es más de lo mismo, que lea mejor y mejores libros. Hay mucho mundo ahí fuera y dentro de nuestras cabezas como para encerrarse en el monocultivo o atarse al plato único, como para limitarnos a andar en círculos, aislados en guetos literarios o mediáticos en una vida que es más corta de lo que nos pensamos y que carece de sentido si no supone ampliar vivencias, sumar experiencia, compartir impresiones, circular conocimientos..., en suma, crecer como individuos sociales, como sociedad intergeneracional, como especie intercultural, como humanidad, y ensanchar nuestra consciencia, enriquecer nuestra expresividad, cultivar nuestra capacidad de tolerancia, fortalecer nuestra concordia y dejar una huella positiva en los demás y en el mundo. 

 



jueves, 3 de septiembre de 2026

TRUMPDAY

 





TRUMPDAY

Microrrelato de Fernando Figueroa


Su impresora humana le había preparado el desayuno: exprimido los comentarios más aduladores y cocinado los memes más sabrosos.

—Mister president, it's a new day in the world  —susurró mientras le enseñaba la pantalla.

Entreabrió los ojos y recordó que el mundo entero estaba pendiente de él. Billones de auténticos americanos esperaban sus palabras como se espera el maná del cielo. 

—What day is today, baby? —Para los dioses todos los días eran iguales.
—It's a very very Sunday.
—Acarició su barriguita—. We have the whole morning to ourselves.
—Very very Sunday? You're a huge baby! Sincerely, you're streetwise, but...!
—And you are the biggest —dijo bajando la mano para rebuscar la antigua grandeza de América.
—... but you don't know, pretty. Today is Trumpday. We're not pagans, we're Christians, silly girl.
—Sorry. It's true. Correct me whenever I make a mistake, daddy.
—Smart girl! You will go far.

Se sumergió en el plasma, atento al efecto de su última y maravillosa decisión. El mundo ardía, no estaba preparado para su genialidad. En California se resistían, era divertido; también en Nueva York. En Florida aplaudían con las orejas. Los evangélicos estaban entusiasmados. Elon quería el sábado... Mad boy! Ese tipo no podía aspirar a otro día que no fuera... Le daría el lunes y el martes para el amigo Pete. El miércoles lo subastaría entre sus aliados panchitos, podían sacarse muchos millones. El jueves era para los rusos, el viernes para su cerdita favorita y el sábado para Israel.

 

Este microrrelato responde a la convocatoria del blog El Tintero de Oro para participar en el microrreto Microrreto: Los días de la semana:

Escribe un microrrelato de 250 palabras en el que se narre una historia que tenga como protagonista un día de la semana, ya sea porque algo ocurrió en ese día o porque ese día causó algún hecho. Eso sí, tiene que aparecer un día en concreto.

Dicho y hecho, aquí mi contribución con 250 palabras clavadas, dentro del género de la sátira, que, espero, deleiten al lector como otras veces he hecho.

De paso, aquí os dejo los enlaces de mis anteriores microrrelatos para El Tintero de Oro:



miércoles, 2 de septiembre de 2026

RESEÑA DE ANIKA ENTRE LIBROS

 

 



RESEÑA DE ANIKA ENTRE LIBROS



Seguimos recordando comentarios de reseñas en blogs. En este caso hacemos referencia a un blog muy popular y abierto a diversos géneros, Anika entre Libros, que tuvo a bien aceptar un título mío publicado por editorial: Los pistoleros o el caso Hamster, mi primera novela negra publicada que no escrita. 



El miembro de su equipo que se ocupó de leer y reseñar el ejemplar que les envié fue la escritora Déborah F. Muñoz, publicado en 2020 y que lo republicó recortado en su blog personal Escriboleeo el 3 de octubre de 2020.

Este detalle es importante, pues permitía ver cómo una lectora de una generación más joven veía mi historia y estilo. De este modo, sus observaciones se centraron en destacar que:


— Es una novela osada y diferente en la ambientación y el tono respecto a lo que se llevaba en la novela policíaca.

— Estilo clasicista, a lo victoriano.

— Ve la trama policíaca algo enrevesada, un poco liosa.

— La investigación no es lo más interesante de la novela.

— Lo que más le ha gustado y le ha parecido más interesante es «la gran cantidad de caos al que se enfrentan el protagonista y el resto de personajes». Le da mucha vidilla al libro.

— Lo cuidado de la edición, con ilustraciones.

 

En suma, las virtudes del libro Déborah las concentra en tres términos: original, entretenido y diferente, todo un halago para un autor. Y esto es muy gratificante cuando das el paso a aparcar la autopublicación para subir a la categoría de publicación en editorial, aunque luego decidiese seguir la serie de modo autoeditado. Por supuesto, aprecio que es una crítica subjetiva, como ha de ser, desde lo personal, pues los comentarios sobre este libro, en otros casos, han sido más diversos. Otras personas han reparado en otros aspectos o mostrado más entusiasmo y seguro que cada una tiene su libro favorito de la serie por las razones que sean.

Por si necesitamos un baremo numérico, en su blog personal pone una puntuación: tres flores (entretenido), 3/5. Satisface, es una nota que te impulsa a crecer.



 Para adquirir el libro